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><channel><title>Cuentos Infantiles - Cuentos de hadas, fabulas de esopo para niños y cuentos fantasticos! &#187; Las mil y una noche</title> <atom:link href="http://miscuentosinfantiles.com/category/las-mil-y-una-noche/feed/" rel="self" type="application/rss+xml" /><link>http://miscuentosinfantiles.com</link> <description>Cuentos Infantiles - Encuentra Cuentos de hadas, fabulas de esopo para niños y cuentos fantasticos!</description> <lastBuildDate>Fri, 03 Jun 2011 16:02:12 +0000</lastBuildDate> <language>en</language> <sy:updatePeriod>hourly</sy:updatePeriod> <sy:updateFrequency>1</sy:updateFrequency> <generator>http://wordpress.org/?v=3.3.1</generator> <item><title>Historia de la mujer despedazada, de las tres manzanas y del negro Rihán</title><link>http://miscuentosinfantiles.com/las-mil-y-una-noche/historia-de-la-mujer-despedazada-de-las-tres-manzanas-y-del-negro-rihan/</link> <comments>http://miscuentosinfantiles.com/las-mil-y-una-noche/historia-de-la-mujer-despedazada-de-las-tres-manzanas-y-del-negro-rihan/#comments</comments> <pubDate>Wed, 24 Dec 2008 14:10:33 +0000</pubDate> <dc:creator>admin</dc:creator> <category><![CDATA[Las mil y una noche]]></category><guid
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Estay resuelto a destituir a aquellos de quienes me den quejas,&#8221; Y Giafar respondió: &#8220;Escucho y obedezco.&#8221;</p><p>Y el califa, y Giafar, y Massrur el porta-alfanje salieron disfrazados por las calles de Bagdad; y he aquí que en una calleja vieron a un anciano decrépito que a la cabeza llevaba una canasta y una red de pescar, y en la mano un palo y andaba pausadamente, canturreando estas estrofas:</p><p>Me dijeron: &#8220;¡por tu ciencia, ¡oh sabio! eres entre los humanos como la luna en la noche!&#8221;</p><p>Yo les contesté: &#8220;¡Os ruego, que no habléis de ese modo! ¡No hay más ciencia que la del Destino!&#8221;</p><p>¡Porque, yo, con toda mi ciencia, mis manuscritos, mis libros y mi tintero, no puedo desviar la fuerza del Destino ni un solo día! ¡Y los que apostasen por mí, perderían su apuesta!</p><p>¡Nada, en efecto, hay más desolador que el pobre, el estado del pobre y el pan y la vida del pobre!</p><p>¡En verano, se te agotan las fuerzas! ¡En invierno, no dispone de abrigo!</p><p>¡Si se para, le acosarán los perros para que se aleje! ¡Cuán mísero es! ¡Ved cómo para él son todas las ofensas y todas las burlas!. ¿Quién es más desdichado?</p><p>Y si no clama ante los hombres, si no a su miseria, ¿quién le compadecerá?</p><p>¡Oh! Si tal es la vida del pobre, ¿no ha de preferir la tumba?</p><p>Al oír estos versos tan tristes, el califa dijo a Giafar: &#8220;Los versos y el aspecto de este pobre hombre indican una gran miseria.&#8221; Después se aproximó al viejo, y le dijo: &#8220;¡Oh jeique! ¿cuál es tu oficio?&#8221; Y él respondió: &#8220;¡Oh señor mío! Soy pescador. ¡Y muy pobre! ¡Y con familia! Y desde el mediodía estoy fuera de casa trabajando, y ¡Alah no me concedió aún el pan que ha de alimentar a mis hijos! Estoy, pues, cansado de mi persona y de la vida, y no anhelo más que morir.&#8221; Entonces el califa le dijo: &#8220;¿Quieres venir con nosotros hasta el río, y echar la red en mi nombre, para ver qué tal suerte tengo? Lo que saques del agua te lo compraré y te daré por ello cien dinares.&#8221; Y el viejo se regocijó al oirle, y contestó; &#8220;¡Acepto cuanto acabas de ofrecerme y lo pongo sobre mi cabeza!&#8221;</p><p>Y el pescador volvió con ellos hacia el Tigris, y arrojando la red, quedó en acecho; después tiró de la cuerda de la red, y la red salió. Y el viejo pescador encontró en la red un cajón que estaba cerrado y que pesaba mucho. Intentó levantarlo el califa y lo encontró también muy pesado. Pero se apresuró a entregar los cien dinares al pescador, que se alejó muy contento.</p><p>Entonces Giafar y Massrur cargaron con el cajón y lo llevaron al palacio. Y el califa dispuso que se encendiesen las antorchas, y Giafar y Massrur se abalanzaron sobre el cajón y lo rompieron. Y dentro de él hallaron una enorme banasta de hojas de palmera cosidas con lana roja. Cortaron el cosido, y en la banasta había un tapiz; apartaron el tapiz y encontraron debajo un gran velo blanco de mujer; levantaron el velo y apareció, blanca como la plata virgen, una joven muerta y despedazada.</p><p>Ante aquel espectáculo, las lágrimas corrieron por las mejillas del califa, y después, muy enfurecido, encarándose con Giafar, exclamó: ¡Oh perro visir! ¡Ya ves cómo, durante mi reinado, se asesina a las gentes y se arroja a las víctimas al agua! ¡Y su sangre caerá sobre mí el día del juicio, y pesará eternamente en mi conciencia! Pero ¡por Alah! que he de usar de represalias con el asesino, y no descansaré hasta que lo mate. En cuanto a ti, ¡juro por la verdad de mi descendencia directa de los califas Bani-Abbas, que si no me presentas al matador de esta mujer, a la que quiero vengar mandaré que te crucifiquen a la puerta de mi palacio, en compañía de cuarenta de tus primos los Baramka!&#8221; Y el califa estaba lleno de cólera, y Giafar dijo: &#8220;Concédeme para ello no más que un plazo de tres días.&#8221; Y el califa respondió: &#8220;Te lo otorgo.&#8221;</p><p>Entonces Giafar salió del palacio, muy afligido, y anduvo por la ciudad, pensando: &#8220;¿Cómo voy a saber quién. ha matado a esa joven, ni dónde he de buscarlo para presentárselo al califa? Si le llevase a otro para que pereciese en vez del asesino, esta mala acción pesaría sobre mi conciencia. Por lo tanto, no sé qué hacer.&#8221; Y Giafar llegó a su casa, y allí estuvo desesperado los tres días del plazo. Y al cuarto día el califa le mandó llamar. Y cuando se presentó entre sus manos, el califa le dijo: &#8220;¿Dónde está el asesino de la joven?&#8221; Giafar respondió: &#8220;No poseo la ciencia de adivinar lo invisible y lo oculto, para que pueda conocer en medio de una gran ciudad al asesino.&#8221; Entonces el califa se enfureció mucho, y ordenó que crucificasen a Giafar a la puerta de palacio, encargando a los pregoneros quedo anunciasen por la ciudad y sus alrededores de esta manera:</p><p>&#8220;Quien desee asistir a la crucifixión de Giafar Al-Barmaki, visir del califato, y a la de cuarenta Baramka, parientes suyos, vengan a la puerta de palacio para presenciarlo.&#8221;</p><p>Y todos los habitantes de Bagdad afluían por las calles para presenciar la crucifixión de Giafar y sus primos, sin que nadie supiese la causa; y todo el mundo se condolía y se lamentaba de aquel castigo; pues el visir y los Baramka eran muy apreciados por su generosidad y sus buenas obras.</p><p>Cuando se hubo levantado el patíbulo, llevaron al pie de él a los sentenciados y se aguardó la venia del califa para la ejecución. De pronto, mientras lloraba la gente, un apuesto y bien portado joven hendió con rapidez la muchedumbre, y llegando entre las manos de Giafar, le dijo: &#8220;¡Que te liberten, oh dueño y señor de los señores más altos, asilo de los menesterosos! Yo fui quien asesinó a la.joven despedazada y la metí en la caja que pescasteis en el Tigris. ¡Mátame, pues, en cambio, y usa las represalias conmigo!»</p><p>Cuando escuchó Giafar las palabras del joven, se alegró por sí propio, pero compadecióse del mancebo. Y hubo de pedirle explicaciones más detalladas; pero de súbito un anciano venerable separó a la gente, se acercó muy de prisa a Giafar y, al joven, les saludó; y les dijo: ¡Oh visir! no hagas caso de las palabras de este mozo, pues yo soy el único asesino de la joven, y en mí solo tienes que vengarla.&#8221; Pero el joven repuso: &#8220;¡Oh visir! este viejo jeique no sabe lo que se dice. Te repito que, yo soy quien la mató, debiendo ser, por tanto, el único, a quien se castigue.&#8221;. Entonces el jeique exclamó: &#8220;¡Oh hijo mío! todavía eres joven y debes vivir; pero yo, que soy viejo y, estoy cansado del mundo, te serviré de rescate a ti, al visir y a sus primos. Repito que el asesino soy yo, Y conmigo se debe usar de represalias.&#8221;</p><p>Entonces, Giafar, con el consentimiento del capitán de guardias, se llevó al joven y al anciano, y subió con ellos al aposento del califa. Y le dijo: &#8220;¡Oh Emir de los Creyentes! aquí tienes al asesino de la joven.&#8221; Y el califa preguntó: &#8220;¿En dónde está?&#8221; Giafar dijo: &#8220;Este joven afirma que es el matador, pero este anciano lo desmiente y asegura que el asesino es él.&#8221; Entonces el califa contempló al jeique y al mozo, y les dijo: &#8220;¿Cuál de vosotros. dos ha matado a la joven?&#8221; Y el mancebo respondió: &#8220;¡Fui yo!&#8221; Y el jeique dijo: &#8220;¡No; fui yo solo!&#8221; El califa, sin preguntar más, dijo a Giafar entonces: &#8220;Llévate a los dos y crucifícalos,&#8221; Pero Giafar hubo de replicarle: &#8220;Si sólo uno es el criminal, castigar al otro constituye una gran injusticia.&#8221; Y entonces el joven exclamo: &#8220;¡Juro por Aquel que levantó los cielos hasta la altura que están y extendió la tierra en la profundidad que ocupa, que soy el único que asesino a la joven! Oid las pruebas.&#8221; Y describió el hallazgo; conocido sólo por el califa, Giafar y. Massrur. Y con esto el califa se convenció de la culpabilidad del joven, y llegando al límite dei asombro, le dijo: &#8220;¿Y porqué has cometido esa muerte? ¿Por qué la confiesas antes de que te obliguen a hacerlo a palos? ¿Por qué pides de este modo el castigo?&#8221; Entonces dijo el mancebo:</p><p>&#8220;Sabe, ¡oh Príncipe de los Creyentes! que esa joven era mi esposa, hija de este jeique, que es mi suegro. Me casé siendo ella todavía virgen, y Alah me ha concedido tres hijos varones. Y mi mujer me amó y me sirvió siempre, sin que tuviese yo que motejarla nada reprensible.</p><p>Hace dos meses cayó gravemente enferma, y llamé en seguida a los médicos mas sabios, que no tardaron en curarla ¡con ayuda de Alah! Al cabo de un mes empezó a hallarse mejor y quiso ir al baño. Antes, de salir de casa, me dijo:. &#8220;Antes de entrar en el hammam, desearía satisfacer un antojo.&#8221; Y le pregunté: &#8220;¿Qué antojo es ese?&#8221; Y me contestó: &#8220;Tengo ganas de una manzana para olerla y darle un bocado.&#8221; Inmediatamente me fui a la calle a comprar la manzana, aunque me costara un dinar de oro. Y recorrí todas las fruterías, pero en ninguna había manzanas. Y regresé a casa muy triste, sin atreverme a ver a mí mujer, y pasé toda la noche pensando en la manera de lograr una manzana. Al amanecer salí de nuevo de mi casa y recorrí todos los huertos, uno por uno, y árbol por árbol, sin hallar nada. Y he aquí que en el camino me encontré con un jardinero, hombre de edad, al que le consulté sobre lo de las manzanas. Y me dijo: &#8220;¡Oh hijo mío! Es una cosa difícil de encontrar, porque ahora no las hay en ninguna parte cómo no sea en Bassra; en el huerto del Comendador de los Creyentes. Y aun allí no te será fácil conseguirlas; pues el jardinero las reserva cuidadosamente para uso del califa.&#8221;</p><p>Entonces volví junto a mi esposa, contándoselo todo; pero el amor que le profesaba me movió a preparar el viaje. Y salí, y empleé quince días completos, noche y día, para ir a Bassra, y regresar favorecido por la suerte, pues volví al lado de mi esposa con tres manzanas compradas al jardinero del huerto de Bassra por tres dinares.</p><p>Entré, pues, muy contento, y se las ofrecí a mi esposa, pero al verlas ni dio muestras de alegría ni las probó, dejándolas, indiferente, a un lado. Observé entonces que durante mi ausencia la calentura se había vuelto a cebar en mi mujer muy violentamente y seguía atormentándola; y estuvo enferma diez días más, durante los cuales no me separé de ella un momento. Pero gracias a Alah; recobró la salud, y entonces pude salir y marchar a mi tienda para comprar y vender.</p><p>Pero he aquí que una tarde estaba yo sentado a la vuerta de mi tienda, cuando pasó por allí un negro, que llevaba en la mano una manzana: Y le dije: &#8220;¡Eh, buen amigo! ¿de dónde has sacado esa manzana, para que yo pueda comprar otras iguales?&#8221; Y el negro se echó a reir, y me contestó: &#8220;Me la ha regalado mi amante. He ido a su casa, después de algún tiempo que no la había visto, y la he encontrado enferma, y tenía al lado tres manzanas, y al interrogarla, me ha dicho: &#8220;Figúrate, ¡oh querido mío! que el pobre cornudo de mi esposo ha ido a Bassra expresamente a comprármelas, y le han costado tres dinares de oro.&#8221; Y en seguida me dio ésta que llevo en la mano.&#8221;</p><p>Al oir tales palabras del negro, ¡oh Príncipe de los Creyentes! mis ojos vieron que el mundo se obscurecía; cerré la tienda a toda prisa y entré en mi casa, después de haber perdido en el camino toda la razón, por la fuerza explosiva de mi furia. Dirigí una mirada al lecho, y efectivamente, la tercera manzana no estaba ya allí. Y pregunté a mi esposa: &#8220;¿En dónde está la otra manzana?&#8221; Y me contestó: &#8220;No sé que ha sido de ella.&#8221; Esto era una comprobación de las palabras del negro. Entonces me abalancé sobre ella, cuchillo en mano, y apoyando en su vientre mis rodillas, la cosí a cuchilladas. Después le corté la cabeza y los miembros, lo metí todo apresuradamente en la banasta, cubriéndolo con el velo y el tapiz, y guardándolo en el cajón, que clavé yo mismo. Y cargué el cajón en mi mula, y en seguida lo arrojé en el Tigris con mis propias manos.</p><p>¡Por eso, ¡oh Emir de las Creyentes! te suplico que apresures mi muerte, en castigo a mi crimen, pues me aterra tener que dar cuenta de él el día de la Resurrección!</p><p>La arrojé al Tigris, como he dicho, y como nadie me vio, pude volver a casa. Y encontré a mi hijo mayor llorando, y aunque estaba seguro de que ignoraba la muerte de su madre, le pregunté: &#8220;¿Por qué lloras?&#8221; Y él me contestó: &#8220;Porque he cogido una de las manzanas que tenía mi madre, y al bajar a jugar con mis hermanos, en la calle, ha pasado un negro muy grande y me la quitó, diciendo: &#8220;¿De dónde has sacado esta manzana?&#8221; Y le contesté: &#8220;Es de mi padre, que se fue y se la trajo a mi madre con otras dos, compradas por tres dinares en Bassra. Porque mi madre está enferma.&#8221; Y a pesar de ello, el negro no me la devolvió sino que me dio un golpe y se fue con ella. ¡Y ahora tengo miedo de que la madre me pegue por lo de la manzana!&#8221;</p><p>Al oir estas palabras del niño, comprendí que el negro había mentido respecto a la hija de mi tío, y por tanto, ¡que yo había matado a mi esposa injustamente!</p><p>Entonces empecé a derramar abundantes lágrimas, y entró mi suegro, el venerable jeique que está aquí conmigo. Y le conté la triste historia. Entonces se sentó a mi lado, y se puso a llorar. Y no cesamos de llorar juntos hasta media noche. E hicimos que duraran cinco días las ceremonias fúnebres. Y aun hoy seguimos lamentando esa muerte.</p><p>Así, pues, te conjuro ¡oh Emir de los Creyentes! por la memoria sagrada de tus antepasados, a que apresures mi suplicio y vengues en mi persona aquella muerte.&#8221;</p><p>Entonces el califa, profundamente maravillado, exclamó: &#8220;¡Por Alah que no he de matar más que a ese negro pérfido!&#8230;&#8221;</p><p>En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.</p><p>PERO CUANDO LLEGÓ LA 19a. NOCHE</p><p>Ella dijo:</p><p>He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que el califa juró que no mataría mas que al negro, puesto que el joven tenía una disculpa. Después, volviéndose hacia Giafar, le dijo: &#8220;¡Trae a mi presencia al pérfido negro que ha sido la causa de esta muerte! Y si no puedes dar con él, perecerás en su lugar.&#8221;</p><p>Y Giafar salió llorando, y diciéndose: &#8220;dónde lo podré hallar para traerlo a su presencia? Si es extraordinario que no se rompa&#8217; un cántaro al caer, no lo ha sido menos el que yo haya podido escapar de la muerte. Pero ¿y ahora?&#8230; ¡Indudablemente, Él que me ha salvado la primera vez, me salvará, si quiere, la segunda! Así, pues, me encerraré en mi casa los tres días del plazo. Porque ¿para qué voy a emprender pesquisas inútiles? ¡Confío en la voluntad del Altísimo!&#8221;</p><p>Y en efecto, Giafar no se movió de su casa en los tres días del plazo. Y al cuarto día mandó llamar al kadí, e hizo testamento ante él, y se despidió de sus hijos llorando. Después llegó el enviado del califa, para decirle que el sultán seguía dispuesto a matarle si no parecía el negro. Y Giafar lloró más todavía, y sus hijos con él. Después quiso besar por última vez a la mas pequeña de sus hijas, que era la preferida entre todas, y la apretó contra su pecho, derramando, muchas lágrimas por tener que separarse de ella. Pero al estrecharla contra él, notó algo redondo en el bolsillo de la niña, y le preguntó: &#8220;¿Qué llevas ahí?&#8221; Y la niña contestó: &#8220;¡Oh padre! una manzana. Me la ha dado nuestro negro Rihán. Hace cuatro días que la tengo. Pero para que me la diese tuve que pagar a Rihán dos dinares.&#8221;</p><p>Al oir las palabras ; &#8220;negro&#8221; y &#8220;manzana&#8221;, Giafar sintió un gran júbilo, y exclamó: &#8220;¡Oh Libertador!&#8221; Y en seguida mandó llamar al negro Rihán. Y Rihán llegó, y Giafar le dijo: &#8220;¿De dónde has sacado esta manzana&#8217;,&#8221; Y contestó el negro: &#8220;¡Oh mi señor! hace cinco días que, andando por la ciudad, entré en una calleja, y vi jugar a unos niños, uno de los cuales tenía esa manzana en la mano. Se la quité y. le di un golpe, mientras el niño me decía llorando: &#8220;Es de mi madre, que está enferma. Se le antojó una manzana; y mi padre ha ido a buscarla a Basara, y esa y otras dos le han costado tres dinares de oro. Y yo he cogido esa para jugar.&#8221; Y siguió llorando. Pero yo, sin hacer, caso de sus lágrimas, vine con la manzana a casa, y se la he dado por dos dinares a mi ama más pequeña.&#8221;</p><p>Y Giafar se asombró de este relato, viendo sobrevenir tantas peripecias y la muerte de una mujer por culpa de su negro Rihán. Por tanto, dispuso que lo encerrasen en seguida en un calabozo. Y después, muy contento por haberse librado de la muerte, recitó estas dos estrofas:</p><p>Si tu esclavo tiene la culpa de tus desdichas, ¿por qué no piensas en deshacerte de él? .</p><p>¿Ignoras que abundan los esclavos, y que sólo tienes un alma, sin que puedas sustituirla?</p><p>Pero luego pensó otra cosa, y cogió al negro, y lo llevó ante el califa, a quien contó la historia.</p><p>Y el califa Harún Al-Rachid se maravilló tanto, que dispuso se escribiese tal historia en los anales para que sirviera de lección a los humanos.</p><p>Entonces Giafar le dijo: &#8220;No tienes para qué maravillarte tanto de esa historia, ¡oh Comendador de los Creyentes! pues no puede igualarse a la del visir Nureddín y su hermano Chamseddin.&#8221;</p><p>Y el califa exclamó: &#8220;¿Y qué historia es esa, más asombrosa que la que acabamos de oir?&#8221; Y Giafar dijo: &#8220;¡Oh Príncipe de los Creyentes! no te la contaré sino a cambio de que perdones su irreflexión a mi negro Rihán.&#8221; Y el califa respondió: &#8220;¡Así sea! Te hago gracia de su sangre.&#8221;</p><p><strong>FIN</strong></p><div
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/> -¿Quién eres? ¿Quién te ha permitido entrar? ¿Quién te ha mandado venir a mi casa?</p><p>-Me lo ha mandado el Dueño de la casa. A mí no me anuncian los chambelanes ni necesito permiso para presentarme ante reyes ni me asusta la autoridad de los sultanes ni sus numerosos soldados. Yo soy aquel que no respeta a los tiranos. Nadie puede escapar a mi abrazo; soy el destructor de las dulzuras, el separador de los amigos.</p><p>El rey cayó por el suelo al oír estas palabras y un estremecimiento recorrió todo su cuerpo, quedándose sin sentido. Al volver en sí, dijo:</p><p>-¡Tú eres el Ángel de la Muerte!</p><p>-Sí.</p><p>-¡Te ruego, por Dios, que me concedas el aplazamiento de un día tan sólo para que pueda pedir perdón por mis culpas, buscar la absolución de mi Señor y devolver a sus legítimos dueños las riquezas que encierra mi tesoro; así no tendré que pasar las angustias del juicio ni el dolor del castigo!</p><p>-¡Ay! ¡Ay! No tienes medio de hacerlo. ¿Cómo te he de conceder un día si los días de tu vida están contados, si tus respiros están inventariados, si tu plazo de vida está predeterminado y registrado?</p><p>-¡Concédeme una hora!</p><p>-La hora también está en la cuenta. Ha transcurrido mientras tú te mantenías en la ignorancia y no te dabas cuenta. Has terminado ya con tus respiros: sólo te queda uno.</p><p>-¿Quién estará conmigo mientras sea llevado a la tumba?</p><p>-Únicamente tus obras.</p><p>-¡No tengo buenas obras!</p><p>-Pues entonces, no cabe duda de que tu morada estará en el fuego, de que en el porvenir te espera la cólera del Todopoderoso.</p><p>A continuación le arrebató el alma y el rey se cayó del trono al suelo.</p><p>Los clamores de sus súbditos se dejaron oír; se elevaron voces, gritos y llantos; si hubieran sabido lo que le preparaba la ira de su Señor, los lamentos y sollozos aún hubiesen sido mayores y más y más fuertes los llantos.</p><p><strong>FIN</strong></p><div
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Con la herencia de mis padres y con mi trabajo, compré ochenta camellos que alquilaba a los mercaderes de las caravanas que se dirigían a las ciudades y a los confines de tu dilatado imperio.</p><p>Una tarde que volvía de Bassorah con mi recua vacía, me detuve para que pastaran los camellos; los vigilaba, sentado a la sombra de un árbol, ante una fuente, cuando llegó un derviche que iba a pie a Bassorah. Nos saludamos, sacamos nuestras provisiones y nos pusimos a comer fraternalmente. El derviche, mirando mis numerosos camellos, me dijo que no lejos de ahí, una montaña recelaba un tesoro tan infinito que aun después de cargar de joyas y de oro los ochenta camellos, no se notaría mengua en él. Arrebatado de gozo me arrojé al cuello del derviche y le rogué que me indicara el sitio, ofreciendo darle en agradecimiento un camello cargado. El derviche entendió que la codicia me hacía perder el buen sentido y me contestó:</p><p>-Hermano, debes comprender que tu oferta no guarda proporción con la fineza que esperas de mí. Puedo no hablarte más del tesoro y guardar mi secreto. Pero te quiero bien y te haré una proposición más cabal. Iremos a la montaña del tesoro y cargaremos los ochenta camellos; me darás cuarenta y te quedarás con otros cuarenta, y luego nos separaremos, tomando cada cual su camino.</p><p>Esta proposición razonable me pareció durísima, veía como un quebranto la pérdida de los cuarenta camellos y me escandalizaba que el derviche, un hombre harapiento, fuera no menos rico que yo. Accedí, sin embargo, para no arrepentirme hasta la muerte de haber perdido esa ocasión.</p><p>Reuní los camellos y nos encaminamos a un valle rodeado de montañas altísimas, en el que entramos por un desfiladero tan estrecho que sólo un camello podía pasar de frente.</p><p>El derviche hizo un haz de leña con las ramas secas que recogió en el valle, lo encendió por medio de unos polvos aromáticos, pronunció palabras incomprensibles, y vimos, a través de la humareda, que se abría la montaña y que había un palacio en el centro. Entramos, y lo primero que se ofreció a mi vista deslumbrada fueron unos montones de oro sobre los que se arrojó mi codicia como el águila sobre la presa, y empecé a llenar las bolsas que llevaba.</p><p>El derviche hizo otro tanto, noté que prefería las piedras preciosas al oro y resolví copiar su ejemplo. Ya cargados mis ochenta camellos, el derviche, antes de cerrar la montaña, sacó de una jarra de plata una cajita de madera de sándalo que según me hizo ver, contenía una pomada, y la guardó en el seno.</p><p>Salimos, la montaña se cerró, nos repartimos los ochenta camellos y valiéndome de las palabras más expresivas le agradecí la fineza que me había hecho, nos abrazamos con sumo alborozo y cada cual tomó su camino.</p><p>No había dado cien pasos cuando el numen de la codicia me acometió. Me arrepentí de haber cedido mis cuarenta camellos y su carga preciosa, y resolví quitárselos al derviche, por buenas o por malas. El derviche no necesita esas riquezas -pensé-, conoce el lugar del tesoro; además, está hecho a la indigencia.</p><p>Hice parar mis camellos y retrocedí corriendo y gritando para que se detuviera el derviche. Lo alcancé.</p><p>-Hermano -le dije-, he reflexionado que eres un hombre acostumbrado a vivir pacíficamente, sólo experto en la oración y en la devoción, y que no podrás nunca dirigir cuarenta camellos. Si quieres creerme, quédate solamente con treinta, aun así te verás en apuros para gobernarlos.</p><p>-Tienes razón -me respondió el derviche-. No había pensado en ello. Escoge los diez que más te acomoden, llévatelos y que Dios te guarde.</p><p>Aparté diez camellos que incorporé a los míos, pero la misma prontitud con que había cedido el derviche, encendió mi codicia. Volví de nuevo atrás y le repetí el mismo razonamiento, encareciéndole la dificultad que tendría para gobernar los camellos, y me llevé otros diez. Semejante al hidrópico que más sediento se halla cuanto más bebe, mi codicia aumentaba en proporción a la condescendencia del derviche. Logré, a fuerza de besos y de bendiciones, que me devolviera todos los camellos con su carga de oro y de pedrería. Al entregarme el último de todos, me dijo:</p><p>-Haz buen uso de estas riquezas y recuerda que Dios, que te las ha dado, puede quitártelas si no socorres a los menesterosos, a quienes la misericordia divina deja en el desamparo para que los ricos ejerciten su caridad y merezcan, así, una recompensa mayor en el Paraíso.</p><p>La codicia me había ofuscado de tal modo el entendimiento que, al darle gracias por la cesión de mis camellos, sólo pensaba en la cajita de sándalo que el derviche había guardado con tanto esmero.</p><p>Presumiendo que la pomada debía encerrar alguna maravillosa virtud, le rogué que me la diera, diciéndole que un hombre como él, que había renunciado a todas las vanidades del mundo, no necesitaba pomadas.</p><p>En mi interior estaba resuelto a quitársela por la fuerza, pero, lejos de rehusármela, el derviche sacó la cajita del seno, y me la entregó.</p><p>Cuando la tuve en las manos, la abrí. Mirando la pomada que contenía, le dije:</p><p>-Puesto que tu bondad es tan grande, te ruego que me digas cuáles son las virtudes de esta pomada.</p><p>-Son prodigiosas -me contestó-. Frotando con ella el ojo izquierdo y cerrando el derecho, se ven distintamente todos los tesoros ocultos en las entrañas de la tierra. Frotando el ojo derecho, se pierde la vista de los dos.</p><p>Maravillado, le rogué que me frotase con la pomada el ojo izquierdo.</p><p>El derviche accedió. Apenas me hubo frotado el ojo, aparecieron a mi vista tantos y tan diversos tesoros, que volvió a encenderse mi codicia. No me cansaba de contemplar tan infinitas riquezas, pero como me era preciso tener cerrado y cubierto con la mano el ojo derecho, y esto me fatigaba, rogué al derviche que me frotase con la pomada el ojo derecho, para ver más tesoros.</p><p>-Ya te dije -me contestó- que si aplicas la pomada al ojo derecho, perderás la vista.</p><p>-Hermano -le repliqué sonriendo- es imposible que esta pomada tenga dos cualidades tan contrarias y dos virtudes tan diversas.</p><p>Largo rato porfiamos; finalmente, el derviche, tomando a Dios por testigo de que me decía la verdad, cedió a mis instancias. Yo cerré el ojo izquierdo, el derviche me frotó con la pomada el ojo derecho. Cuando los abrí, estaba ciego.</p><p>Aunque tarde, conocí que el miserable deseo de riquezas me había perdido y maldije mi desmesurada codicia. Me arrojé a los pies del derviche.</p><p>-Hermano -le dije-, tú que siempre me has complacido y que eres tan sabio, devuélveme la vista.</p><p>-Desventurado -me respondió-, ¿no te previne de antemano y no hice todos los esfuerzos para preservarte de esta desdicha? Conozco, sí, muchos secretos, como has podido comprobar en el tiempo que hemos estado juntos, pero no conozco el secreto capaz de devolverte la luz. Dios te había colmado de riquezas que eras indigno de poseer, te las ha quitado para castigar tu codicia.</p><p>Reunió mis ochenta camellos y prosiguió con ellos su camino, dejándome solo y desamparado, sin atender a mis lágrimas y a mis súplicas. Desesperado, no sé cuántos días erré por esas montañas; unos peregrinos me recogieron.<br
/> <strong><br
/> FIN</strong></p><div
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/> Un día en que Alí Babá estaba en el bosque cortando leña oyó un ruido que se acercaba y que se parecía al ruido que hacen cuarenta caballos cuando galopan. Se asustó, pero como era curioso trepó a un árbol.</p><p>Espiando, vio que eran, efectivamente, cuarenta caballos. Sobre cada caballo venía un ladrón, y cada ladrón tenía una bolsa llena de monedas de oro, vasos de oro, collares de oro y más de mil rubíes, zafiros, ágatas y perlas. Delante de todos iba el jefe de los ladrones.</p><p>Los ladrones pasaron debajo de Alí Babá y sofrenaron frente a una gran roca que tenía, más o menos, como una cuadra de alto y que era completamente lisa. Entonces el jefe de los ladrones gritó a la roca: &#8220;¡Sésamo: ábrete!&#8221;. Se oyó un trueno y la roca, como si fuera un sésamo, se abrió por el medio mientras Alí Babá casi se cae del árbol por la emoción. Los ladrones entraron por la abertura de la roca con caballos y todo, y una vez que estuvieron dentro el jefe gritó: &#8220;¡Sésamo: ciérrate!&#8221;. Y la roca se cerró.</p><p>&#8220;Es indudable -pensó Alí Babá sin bajar del árbol- que esa roca completamente lisa es mágica y que las palabras pronunciadas por el jefe de los ladrones tienen el poder de abrirla. Pero más indudable todavía es que dentro de esa extraña roca tienen esos ladrones su escondite secreto donde guardan todo lo que roban.&#8221; Y en seguida se oyó otra vez un gran trueno y la roca se abrió. Los ladrones salieron y el jefe gritó: &#8220;¡Sésamo: ciérrate!&#8221;. La roca se cerró y los ladrones se alejaron a todo galope, seguramente para ir a robar en algún lado. Cuando se pedieron de vista, Alí Babá bajó del árbol.</p><p>&#8220;Yo también entraré en esa roca -pensó-. El asunto será ver si otra persona, pronunciando las palabras mágicas, puede abrirla.&#8221; Entonces, con todas las fuerzas que tenía, gritó: &#8220;¡Sésamo: ábrete!&#8221;. Y la roca se abrió.</p><p>Después de tardar lo que se tarda en parpadear, se lanzó por la puerta mágica y entró. Y una vez dentro se encontró con el tesoro más grande del mundo. &#8220;¡Sésamo: ciérrate!&#8221;, dijo después. La roca se cerró con Alí Babá dentro y él, con toda tranquilidad, se ocupó de meter en una bolsa una buena cantidad de monedas de oro y rubíes. No demasiado: lo suficiente como para asegurarse la comida de un año y tres meses. Después dijo: &#8220;¡Sésamo: ábrete!&#8221;. La roca se abrió y Alí Babá salió con la bolsa al hombro. Dijo: &#8220;¡Sésamo: ciérrate!&#8221; y la roca se cerró y él volvió a su casa, cantando de alegría. Pero cuando su esposa lo vio entrar con la bolsa se puso a llorar.</p><p>-¿A quién le robaste eso? -gimió la mujer.</p><p>Y siguió llorando. Pero cuando Alí Babá le contó la verdadera historia, la mujer se puso a bailar con él.</p><p>-Nadie debe enterarse que tenemos este tesoro -dijo Alí Babá-, porque si alguien se entera querrá saber de dónde lo sacamos, y si le decimos de dónde lo sacamos querrá ir también él a esa roca mágica, y si va puede ser que los ladrones lo descubran, y si lo descubren terminarán por descubrirnos a nosotros. Y si nos descubren a nosotros nos cortarán la cabeza. Enterremos todo esto.</p><p>-Antes contemos cuántas monedas y piedras preciosas hay -dijo la mujer de Alí Babá.</p><p>-¿Y terminar dentro de diez años? ¡Nunca! -le contestó Alí Babá.</p><p>-Entonces pesaré todo esto. Así sabré, al menos aproximadamente, cuánto tenemos y cuánto podremos gastar -dijo la mujer.</p><p>Y agregó:</p><p>-Pediré prestada una balanza.</p><p>Desgraciadamente, la mujer de Alí Babá tuvo la mala idea de ir a la casa de Kassim y pedir prestada la balanza. Kassim no estaba en ese momento, pero sí su esposa.</p><p>-¿Y para qué quieres la balanza? -le preguntó la mujer de Kassim a la mujer de Alí Babá.</p><p>-Para pesar unos granos -contestó la mujer de Alí Babá.</p><p>&#8220;¡Qué raro! -pensó la mujer de Kassim-. Éstos no tienen ni para caerse muertos y ahora quieren una balanza para pesar granos. Eso sólo lo hacen los dueños de los grandes graneros o los ricos comerciantes que venden granos.&#8221;</p><p>-¿Y qué clase de granos vas a pesar? &#8211; le preguntó la mujer de Kassim después de pensar lo que pensó.</p><p>-Pues granos&#8230; -le contestó la mujer de Alí Babá.</p><p>-Voy a prestarte la balanza -le dijo la mujer de Kassim.</p><p>Pero antes de prestársela, y con todo disimulo, la mujer de Kassim untó con grasa la base de la balanza.</p><p>&#8220;Algunos granos se pegarán en la grasa, y así descubriré qué estuvieron pesando realmente&#8221;, pensó la mujer de Kassim.</p><p>Alí Babá y su mujer pesaron todas las monedas y las piedras preciosas. Después devolvieron la balanza. Pero un rubí había quedado pegado a la grasa.</p><p>-De manera que éstos son los granos que estuvieron pesando -masculló la mujer de Kassim-. Se lo mostraré a mi marido.</p><p>Y cuando Kassim vio el rubí, casi se muere del disgusto.</p><p>Y él, que nunca se acordaba de visitar a Alí Babá, fue corriendo a buscarlo. Sin saludar a nadie, entró en la casa de su hermano en el mismo momento en que estaban por enterrar el tesoro.</p><p>-¡Sinvergüenzas! -gritó-. Ustedes siempre fueron unos pobres gatos. Díganme de dónde sacaron ese maravilloso tesoro si no quieren que los denuncie a la policía.</p><p>Y se puso a patalear de rabia. Alí Babá, resignado, comprendió que lo mejor sería contarle la verdad.</p><p>-Mañana mismo iré hasta esa roca y me traeré todo a mi casa -dijo Kassim cuando terminaron de explicarle.</p><p>A la mañana siguiente, Kassim estaba frente a la roca dispuesto a pronunciar las palabras mágicas.</p><p>Había llevado 12 mulas y 24 bolsas; tanto era lo que pensaba sacar.</p><p>-¿Qué era lo que tenía que decir? -se preguntó Kassim-. Ah, sí, ahora recuerdo&#8230; Y muy emocionado exclamó: &#8220;¡Sésamo: ábrete!&#8221;.</p><p>La roca se abrió y Kassim entró. Después dijo &#8220;Sésamo: ciérrate&#8221;, y la roca se cerró con él dentro.</p><p>Una hora estuvo Kassim parado frente a las montañas de moneda de oro y de piedras preciosas.</p><p>&#8220;Aunque tenga que venir todos los días -pensó-, no dejaré la más mínima cosa de valor que haya aquí. Me lo voy a llevar todo a mi casa.&#8221; Y se puso a morder las monedas para ver si eran falsas. Después empezó a elegir entre las piedras preciosas. &#8220;Aunque me las llevaré todas, es mejor que empiece por las más grandes, no vaya a ser que por h o por b mañana no pueda venir y me quede sin las mejores.&#8221; La elección le llevó unas cinco horas. Pero en ningún momento se sintió cansado. &#8220;Es el trabajo más hermoso que hice en mi vida. Gracias al tonto de mi hermano, me he convertido en el hombre más rico del mundo.&#8221; Y cuando cargó las 24 bolsas se dispuso a partir.</p><p>-¿Qué era lo que tenía que decir? -se preguntó-. Ah, sí, ahora recuerdo&#8230; Y muy emocionado dijo: &#8220;Alpiste: ábrete&#8221;.</p><p>Pero la roca ni se movió.</p><p>-¡Alpiste: ábrete! -repitió Kassim.</p><p>Pero la roca no obedeció.</p><p>-Por Dios -dijo Kassim-, olvidé el nombre de la semilla. ¿Por qué no lo habré anotado en un papelito?</p><p>Y, desesperado, empezó a pronunciar el nombre de todas las semillas que recordaba: &#8220;Cebada: ábrete&#8221;; &#8220;Maíz: ábrete&#8221;; &#8220;Garbanzo: ábrete&#8221;.</p><p>Al final, totalmente asustado, ya no sabía qué decir: &#8220;Zanahoria: ábrete&#8221;; &#8220;Coliflor: ábrete&#8221;; &#8220;Calabaza: ábrete&#8221;.</p><p>Hasta que la roca se abrió. Pero no por Kassim sino por los cuarenta ladrones que regresaban. Y cuando vieron a Kassim, le cortaron la cabeza.</p><p>-¿Cómo habrá entrado aquí? -preguntó uno de los ladrones.</p><p>-Ya lo averiguaremos -dijo el jefe-. Ahora salgamos a robar otra vez.</p><p>Y se fueron a robar, después de dejar bien cerrada la roca.</p><p>Pero Alí Babá estaba preocupado porque Kassim no regresaba. Entonces fue a buscarlo a la roca.</p><p>Dijo &#8220;Sésamo: ábrete&#8221;, y cuando entró vio a Kassim muerto. Llorando, se lo llevó a su casa para darle sepultura. Pero había un problema: ¿qué diría a los vecinos? Si contaba que Kassim había sido muerto por los ladrones se descubriría el secreto, y eso, ya lo sabemos, no convenía.</p><p>-Digamos que murió de muerte natural -dijo Luz de la Noche.</p><p>-¿Cómo vamos a decir eso? Nadie se muere sin cabeza -dijo Alí Babá.</p><p>-Yo lo resolveré -dijo Luz de la Noche, y fue a buscar a un zapatero.</p><p>Camina que camina, llegó a la casa del zapatero.</p><p>-Zapatero -le dijo-, voy a vendarte los ojos y te llevaré a mi casa.</p><p>Eso nunca -le contestó el zapatero-. Si voy, iré con los ojos bien libres.</p><p>No -repuso Luz de la Noche. Y le dio una moneda de oro.</p><p>-¿Y para qué quieres vendarme los ojos? -preguntó el zapatero.</p><p>-Para que no veas adónde te llevo y no puedas decir a nadie dónde queda mi casa -dijo Luz de la Noche, y le dio otra moneda de oro.</p><p>-¿Y qué tengo que hacer en tu casa? -preguntó el zapatero.</p><p>-Coser a un muerto -le explicó Luz de la Noche.</p><p>-Ah, no -dijo el zapatero-, eso sí que no -y tendió la mano para que Luz de la Noche le diera otra moneda.</p><p>-Está bien -dijo el zapatero después de recibir la moneda-, vamos a tu casa.</p><p>Y fueron. El zapatero cosió la cabeza del muerto, uniéndola. Y todo lo hizo con los ojos vendados. Finalmente volvió a su casa acompañado por Luz de la Noche y allí se quitó la venda.</p><p>-No cuentes a nadie lo que hiciste -le advirtió Luz de la Noche.</p><p>Y se fue contenta, porque con su plan ya estaba todo resuelto. De manera que cuando los vecinos fueron informados que Kassim había muerto, nadie sospechó nada.</p><p>Y eso fue lo que pasó con Kassim, el malo, el haragán, el de mala memoria. Pero resulta que los ladrones volvieron a la roca y vieron que Kassim no estaba. Ninguno de los ladrones era muy inteligente que digamos, pero el jefe dijo:</p><p>-Si el muerto no está, quiere decir que alguien se lo llevó.</p><p>-Y si alguien se lo llevó, quiere decir que alguien salió de aquí llevándoselo -dijo otro ladrón.</p><p>-Pero si alguien salió de aquí llevándoselo, quiere decir que primero entró alguien que después se lo llevó -dijo el jefe de los ladrones.</p><p>-¿Pero cómo va a entrar alguien si para entrar tiene que pronunciar las palabras mágicas secretas, que por ser secretas nadie conoce? -dijo otro ladrón.</p><p>Después de cavilar hasta el anochecer, el jefe dijo:</p><p>-Quiere decir que si alguien salió llevándose a ese muerto, quiere decir que antes de salir entró, porque nadie puede salir de ningún lado si antes no entra. Quiere decir que el que entró pronunció las palabras secretas.</p><p>-¿Y eso qué quiere decir? -preguntaron los otros 39 ladrones.</p><p>-¡Quiere decir que alguien descubrió el secreto! -contestó el jefe.</p><p>-¿Y eso qué quiere decir? -preguntaron los 39.</p><p>-¡Que hay que cortarle la cabeza!</p><p>-¡Muy bien! ¡Cortémosela ahora mismo!</p><p>Y ya salían a cortarle la cabeza cuando el jefe dijo:</p><p>-Primero tenemos que saber quién es el que descubrió nuestro secreto. Uno de ustedes debe ir al pueblo y averiguarlo.</p><p>-Yo iré -dijo el ladrón número 39. (El número 40 era el jefe).</p><p>Cuando el ladrón número 39 llegó al pueblo, pasó frente al taller de un zapatero y entró. Dio la casualidad de que era el zapatero que ya sabemos.</p><p>-Zapatero -dijo el ladrón número 39-, estoy buscando a un muerto que se murió hace poco. ¿No lo viste?</p><p>-¿Uno sin cabeza? -preguntó el zapatero.</p><p>-El mismo -dijo el ladrón número 39.</p><p>-No, no lo vi -dijo el zapatero.</p><p>-De mí no se ríe ningún zapatero -dijo el ladrón-. Bien sabes de quién hablo.</p><p>-Sí que sé, pero juro que no lo vi.</p><p>Y el zapatero le contó todo.</p><p>-Qué lástima -se lamentó el 39-, yo quería recompensarte con esta linda bolsita. Y le mostró una bolsita llena de moneditas de oro.</p><p>-Un momento -dijo el zapatero-, yo no vi nada, pero debes saber que los ciegos tienen muy desarrollados sus otros sentidos. Cuando me vendaron los ojos, súbitamente se me desarrolló el sentido del olfato. Creo que por el olor podría reconocer la casa a la que me llevaron.</p><p>Y agregó:</p><p>-Véndame los ojos y sígueme. Me guiaré por mi nariz.</p><p>Así se hizo. Con su nariz al frente fue el zapatero oliendo todo. Detrás de él iba el ladrón número 39. Hasta que se pararon frente a una casa.</p><p>-Es ésta -dijo el zapatero-. La reconozco por el olor de la leña que sale de ella.</p><p>-Muy bien -respondió el ladrón número 39-. Haré una marca en la puerta para que pueda guiar a mis compañeros hasta aquí y cumplir nuestra venganza amparados por la oscuridad de la noche.</p><p>Y el ladrón hizo una cruz en la puerta. Después ladrón y zapatero se fueron, cada cual por su camino. Pero Luz de la Noche había visto todo. Entonces salió a la calle y marcó la puerta de todas las casas con una cruz igual a la que había hecho el ladrón. Después se fue a dormir muy tranquila.</p><p>-Jefe -dijo el ladrón número 39 cuando volvió a la guarida secreta-, con ayuda de un zapatero descubrí la casa del que sabe nuestro secreto y ahora puedo conducirlos hasta ese lugar.</p><p>-¿Aun en la oscuridad de la noche? ¿No te equivocarás de casa? -preguntó el jefe.</p><p>-No. Porque marqué la puerta con una cruz.</p><p>-Vamos -dijeron todos.</p><p>Y blandiendo sus alfanjes se lanzaron a todo galope.</p><p>-Ésta es la casa -dijo el ladrón número 39 cuando llegaron a la primera puerta del pueblo.</p><p>-¿Cuál? -preguntó el jefe.</p><p>-La que tiene la cruz en la puerta.</p><p>-¡Todas tienen una cruz! ¿Cuántas puertas marcaste?</p><p>El ladrón número 39 casi se desmaya. Pero no tuvo tiempo porque el jefe, enfurecido, le cortó la cabeza. Y, sin pérdida de tiempo, ordenó el regreso. No querían levantar sospechas.</p><p>-Alguien tiene que volver al pueblo, hablar con ese zapatero y tratar de dar con la casa.</p><p>-Iré yo -dijo el ladrón número 38.</p><p>Y fue.</p><p>Y encontró la casa del zapatero. Y el zapatero se hizo vendar los ojos. Y le señaló la casa. Y el ladrón número 38 hizo una cruz en la puerta. Pero de color rojo y tan chiquita que apenas se veía. Después zapatero y ladrón se fueron, cada cual por su camino.</p><p>Pero Luz de la Noche vio todo y repitió la estratagema anterior: en todas las puertas de la vecindad marcó una cruz roja, igual a la que había hecho el bandido.</p><p>-Jefe, ya encontré la casa y puedo guiarlos ahora mismo -dijo el ladrón número 38 cuando volvió a la roca mágica.</p><p>-¿No te confundirás? -dijo el jefe.</p><p>-No, porque hice una cruz muy pequeña, que solo yo sé cuál es.</p><p>Y los treinta y nueve ladrones salieron a todo galope.</p><p>-Esta es la casa -dijo el ladrón número 38 cuando llegaron a la primera puerta del pueblo.</p><p>-¿Cuál? -preguntó el jefe.</p><p>-La que tiene esa pequeña cruz colorada en la puerta.</p><p>-Todas tienen una pequeña cruz colorada en la puerta -dijo el jefe de los bandidos. Y le cortó la cabeza.</p><p>Después el jefe dijo:</p><p>-Mañana hablaré yo con ese zapatero.</p><p>Y ordenó el regreso. Al día siguiente el jefe de los ladrones buscó al zapatero. Y lo encontró. Y el zapatero se hizo vendar los ojos. Y lo guió. Y le mostró la casa. Pero el jefe no hizo ninguna cruz en la puerta ni otra señal. Lo que hizo fue quedarse durante diez minutos mirando bien la casa.</p><p>-Ahora soy capaz de reconocerla entre diez mil casas parecidas.</p><p>Y fue en busca de sus muchachos.</p><p>-Ladrones -les dijo-, para entrar en la casa del que descubrió nuestro secreto y cortarle la cabeza sin ningún problema, me disfrazaré de vendedor de aceite. En cada caballo cargaré dos tinas de aceite sin aceite. Cada uno de ustedes se esconderá en una tina y cuando yo dé la orden ustedes saldrán de la tina y mataremos al que descubrió nuestro secreto y a todos los que salgan a defenderlo.</p><p>-Muy bien -dijeron los ladrones.</p><p>Los caballos fueron cargados con las tinas y cada ladrón se metió en una de ellas. El jefe se disfrazó de vendedor de aceite y después tapó las tinas.</p><p>Esa tarde los 38 ladrones entraron en el pueblo. Todos los que los vieron entrar pensaban que se trataba de un vendedor que traía 37 tinas de aceite.</p><p>Llegaron a la casa de Alí Babá y el jefe de los ladrones pidió permiso para pasar.</p><p>-¿Quién eres? -preguntó Alí Babá.</p><p>-Un pacífico vendedor de aceite -dijo el jefe de los bandidos-. Lo único que te pido es albergue, para mí y para mis caballos.</p><p>-Adelante, pacífico vendedor -dijo Alí Babá.</p><p>Y les dio albergue. Y también comida, y dulces y licores. Pero el jefe de los ladrones lo único que quería era que llegara la noche para matar a Alí Babá y a toda su familia.</p><p>Y la noche llegó.</p><p>Pero resulta que hubo que encender las lámparas.</p><p>-Nos hemos quedado sin una gota de aceite -dijo Luz de la Noche-, y no puedo encender las lámparas. Por suerte hay en casa un vendedor de aceites; sacaré un poco de esas grandes tinas que él tiene.</p><p>Luz de la Noche tomó un pesado cucharón de cobre y fue hasta la primera tina y levantó la tapa. El ladrón que estaba adentro creyó que era su jefe que venía a buscarlo para lanzarse al ataque, y asomó la cabeza.</p><p>-¡Qué aceite más raro! -exclamó Luz de la Noche, y le dio con el cucharón en la cabeza.</p><p>El ladrón no se levantó más.</p><p>Luz de la Noche fue hasta la segunda tina y levantó la tapa, y otro ladrón asomó la cabeza, creyendo que era su jefe.</p><p>-Un aceite con turbantes -dijo Luz de la Noche.</p><p>Y le dio con el cucharón. El ladrón no se levantó más. Tina por tina recorrió Luz de la Noche, y en todas le pasó lo mismo. A ella y al que estaba adentro. Enojadísima, fue a buscar al vendedor de aceite, y blandiendo el cucharón le dijo:</p><p>-Es una vergüenza. No encontré ni una miserable gota de aceite en ninguna de sus tinas. ¿Con qué enciendo ahora mis lámparas?</p><p>Y le dio con el cucharón en la cabeza.</p><p>El jefe de los ladrones cayó redondo.</p><p>-¿Por qué tratas así a mis huéspedes? -preguntó Ali Babá.</p><p>Entonces Luz de la Noche quitó el disfraz al jefe de la banda y todo quedó aclarado. Como es de imaginar, los ladrones recibieron su merecido.</p><p>Y eso fue lo que pasó con ellos.</p><p>En cuanto a Alí Babá, dicen que al día siguiente fue a buscar algunas monedas de oro a la roca, y que cuando llegó no encontró nada: la roca había desaparecido, con tesoro y todo.</p><p>Pero ésta es una versión que ha comenzado a circular en estos días, y no se ha podido demostrar.</p><div
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/> -¿Que oficio tienes ?- le preguntó al muchacho y este no supo que decir; entonces su mamá contestó<br
/> -No sabe nada, solo anda por las calles con sus amigos.<br
/> -¡Pero esto no está bien! Ven con migo a la India y te ayudaré a poner una tienda de ricas telas. Por la mañana, partieron en camellos.</p><p>Viajaron hasta la noche y el mago pidió a Aladino que recogiera leña para el fuego<br
/> -Ve y luego te revelaré un secreto.-dijo el viejo.<br
/> Al rato frente a una enorme fogata el mago comenzó a pronunciar palabras mágicas e y extrañas&#8230;¡De repente del fuego,  salió una puerta de loza amarilla! Aladino atemorizado quiso huir pero el mago le ordenó :<br
/> -¡Abre la losa, no te pasará nada y serás recompensado! Baja y atraviesa un jardín. Al final hallarás una lámpara de aceite colgada.¡Tráemela! Aladino encontró la lámpara y dentro de ella un  anillo que se puso en el dedo. Al regresar se llenó los bolsillos de piedras preciosas que pendían de los arbustos del jardín.</p><p>Cuando quiso salir del pozo el mago no quiso ayudarle, solo quería que le de la lámpara Aladino le suplicó que lo sacara pero el mago se puso furioso y le dijo que antes de sacarlo prefería perder los poderes de la lámpara y de un golpe serró la pequeña puerta.</p><p>Entonces todo era oscuridad y frío y el pobre joven comenzó a frotarse las manos para darse calor y como una nube de luz salió del anillo; era un genio que le dijo: &#8211; &#8220;Amo haré lo que me ordenes&#8221; y sin pensarlo mucho Aladino le pidió que lo llevara a la casa de su mamá.</p><p>En pocos segundos aparecieron allí y le contaron lo sucedido a su madre, esta muy triste dijo:-Hijo no se que hacer, ya no queda dinero ni para la comida&#8230;</p><p>El genio del anillo que estaba oyendo todo se disculpó -No puedo, solo puedo llevarte de un sitio a otro. La madre entonces decidió vender la lámpara y comenzó a frotarla con un paño para limpiar la suciedad. De repente apareció un horrible genio que con una vos espantosa dijo. -Soy el esclavo de la lámpara .Ordenen y obedeceré. A partir de es día a Aladino y su madre no les faltó nada.</p><p>Aladino comenzó a aprender el oficio de comerciante y un día paseando por el mercado vio pasar a la hermosa hija del sultán quien lo enamoró con solo una mirada.</p><p>Al llegar a su casa el joven pidió a su madre que llevase las piedras preciosas que había recogido en el jardín y que le pidiese la mano de su hija para poder casarse con ella.</p><p>La mamá trató de convencer al sultán pero este le propuso -Si tu hijo construye antes de mañana un espléndido palacio, consentiré esta boda. Aladino ansioso le pidió al genio de la lámpara que levantara un palacio de mármol y piedras preciosas, con el jardín mas bello de todos. Al día siguiente el sultán quedó impresionado al ver  tal  palacio y concedió la mano de su hija al muchacho. En pocos días se casaron y comenzaron una vida muy feliz.</p><p>Pero en África el viejo mago se enteró de que Aladino no había muerto y furioso emprendió su regreso para buscar la lámpara maravillosa. Al llegar compró lámparas nuevas y las llevó al palacio -¿Quién cambia lámparas nuevas por viejas?-iba gritando. La princesa que estaba en el balcón ofreció la vieja lámpara de Aladino al anciano. Al anochecer el mago hizo aparecer al genio y le ordenó -Deseo que me lleves, junto al palacio y la princesa, al África. El genio arrancó el palacio y lo llevó en sus brazos rápidamente.</p><p>El sultán al enterarse sospechó de Aladino, entonces este tuvo que contarle a su suegro su desgraciad aventura .-Te perdonaré la vida si antes de cuarenta días y cuarenta noches me traes a mi hija.- le dijo el sultán. El joven estaba desesperado pero se acordó del genio del anillo y lo hizo aparecer y le ordenó que lo llevara junto a la princesa. Casi sin darse cuenta, aparecieron en África. El joven encontró a su esposa llorando. Llegó hasta ella y le contó lo sucedido. -¿Dónde está la lámpara ahora ?- preguntó a la princesa. -El malvado mago no se separaba ni un segundo de ella.</p><p>Entre los dos elaboraron un plan : ella se puso hermosísima e invitó al mago a cenar y cuando este se entretuvo tomando una copa de vino Aladino aprovechó  recuperó la lámpara y lanzó al viejo por el balcón. Luego hizo aparecer al genio y le ordenó que los devuelva a Oriente junto al palacio.</p><p>El sultán y la mamá de Aladino abrazaron felices a sus hijos al verlos llegar.</p><p>Organizaron una semana entera de festejos&#8230;Aladino llegó a reinar en Oriente y fue feliz con la princesa por mucho tiempo.</p><p><strong>FIN </strong></p><div
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