El campesino y el Diablo
Había una vez un muy afamado y astuto campesino, cuyos trucos eran muy comentados. La mejor historia es, sin embargo, cómo negoció con el Diablo e hizo que éste quedara como un tonto.
Estaba un día el campesino trabajando en su terreno, y como la penumbra ya caía, se alistaba para regresar a su casa, cuando de pronto vio un montón de carbones encendidos en medio del campo, y cuando se acercó, lleno de asombro vio a un pequeño diablillo sentado sobre los carbones encendidos.
-”¡De veras que estás sentado sobre un gran tesoro!”- dijo el campesino.
-”Sí, es cierto”- contestó el Diablo, -”!sobre un tesoro que contiene más oro y plata que lo que jamás verás en tu vida!”-
-”El tesoro está en mi propiedad y me pertenece.”- replicó el campesino.
-”Y seguirá siendo tuyo”- contestó el Diablo, -”si por dos años consecutivos me das la mitad de lo que el campo produce, porque tengo un gran antojo de los productos de la tierra.”-
El campesino aceptó el trato, y le dijo:
-”Eso sí, sin embargo, para que no haya discusiones sobre la repartición, todo lo que se produzca sobre la tierra será tuyo, y todo lo que se produzca bajo la tierra, será mío.”-
El Diablo quedó satisfecho con eso, y el campesino sembró nabos.
Cuando llegó el tiempo de la recolecta, el Diablo se presentó a tomar su parte de la producción, pero no encontró mas que amarillentas y marchitas hojas, mientras que el campesino, lleno de satisfacción, escarbaba y guardaba sus nabos.
-”Por esta vez has obtenido lo mejor de la cosecha”- dijo el Diablo, -”pero no será así la próxima vez. Lo que se produzca sobre la tierra será tuyo, y lo se que produzca bajo tierra, será mío.”-
-”Estoy de acuerdo.”- dijo el campesino.
Cuando llegó el tiempo de la siembra, no sembró de nuevo nabos, sino trigo. El trigo nació, creció y los granos maduraron y el campesino recogió todas las espigas que había en el campo.
Al llegar el Diablo, no encontró nada sino únicamente los rastrojos, y furibundo se lanzó dentro de una hendidura en las rocas.
-”Esa es la forma de engañar al Diablo.”- dijo el campesino, y se fue a su casa llevándose todo su tesoro.
Enseñanza:
Planificar con el adecuado conocimiento, definitivamente lleva al éxito.

El mantel, la mochila, el sombrero y el cuerno
Había una vez tres hermanos que habían caído profundamente en la pobreza, y al final su necesidad fue tan grande que tenían que soportar hambres, no teniendo nada para comer o beber. Entonces dijeron:
-”No podemos seguir así aquí, mejor vamos por el mundo en busca de fortuna.”-
Por lo tanto se pusieron en marcha. Habían ya caminado un largo sendero y pasado por muchos campos, pero no tenían aún buena suerte. Un día llegaron a un gran bosque, y en medio de él había una colina, y cuando se acercaron a ella, vieron que la colina era toda de plata. Entonces el mayor habló:
-”Ya encontré la buena suerte que deseaba, y ya no buscaré nada más.”
Él tomó tanta plata como pudo cargar, y dio media vuelta y regresó a su casa. Pero los otros dos dijeron:
-”Nosotros queremos más buena suerte que la simple plata.”- y sin tocarla siguieron adelante. Después de caminar dos días más sin parar, llegaron a otra colina que era toda de oro. El segundo hermano paró, meditó consigo mismo, y estuvo indeciso.
-”¿Qué debería hacer?”- dijo él, -”¿debo tomar para mí lo más que pueda de este oro, con lo que tendría suficiente para el resto de mi vida, o debería avanzar más?”-
Por fin tomó una decisión, y poniendo lo más que pudo de oro en sus bolsos, dijo adiós a su hermano, y regresó a casa. Pero el tercero dijo:
-”El oro y la plata no me motivan, no renunciaré a mi oportunidad de fortuna, quizás algo aún más valioso me será dado.”-
Él siguió hacia adelante, y cuando había caminado por tres días, llegó a un bosque que era aún más grande que el anterior, y al que no se le veía un fin, y como no encontraba nada que comer o beber, se sentía todo exhausto. Entonces subió a un árbol bien alto para averiguar si allá arriba podría ver dónde terminaba el bosque, pero hasta donde los ojos le permitían ver, sólo veía copas de árboles. Entonces comenzó a descender del árbol, pero el hambre lo atormentaba, y pensó:
-”¡Si al menos pudiera comer una vez más!”-
Una vez abajo él encontró, con asombro, una mesa bajo el árbol ricamente servida con comida, cuyos vapores subían hasta su nariz.
-”Esta vez”- dijo, -”mi deseo ha sido cumplido a cabalidad en el momento oportuno.”-
Y sin preocuparse en averiguar quién habría traído la comida, o quién la preparó, se sentó a la mesa y comió con gran disfrute hasta haber satisfecho su hambre. Una vez terminado, pensó:
-”Después de todo sería una verdadera lástima que el bello y pequeño mantel de esta mesa fuera abandonado en este bosque.”-
Y lo enrolló bien apretado y lo puso en su bolso. Entonces prosiguió la marcha hacia adelante, y al anochecer, cuando de nuevo sintió hambre, el quiso usar el mantel como sábana, y lo extendió y dijo:
-”¡Cuánto me gustaría verte de nuevo cubierto de buenos alimentos!”-
Y no había terminado de pronunciar la última palabra de su deseo cuando aparecieron sobre el mantel muchos platos con la más exquisita comida, llenando todos los espacios disponibles sobre el mantel.
-”Ahora me doy cuenta”- se dijo, -”en qué cocina se hace mi comida. Tú serás más apreciado por mí que las montañas de oro y plata.”-
Vio claramente que aquél era un mantel de los deseos. Sin embargo, el mantel no era aún suficiente para volver tranquilamente a casa. Él prefirió viajar más por el mundo y buscar aumentar su fortuna.
Una noche él encontró, en un bosque solitario, a un sucio y negro carbonero, quien estaba quemando carbón allí, y tenía algunas papas en el fuego, con las que estaba preparando su comida.
-”¡Buenas noches, pájaro negro! dijo cariñosamente el joven, -”¿Cómo vives en esta soledad?”-
-”Un día es como cualquier otro”- replicó el carbonero, -”¡y cada noche papas! ¿Te gustaría tomar algunas y ser mi invitado?”-
-”Muchas gracias”- contestó el viajero, -”No pienso quitarte un pedacito de tu cena, pues no esperabas una visita, pero si quieres compartir la cena que traigo, tienes la invitación.”-
-”¿Y quién te la va a preparar?”- preguntó el carbonero, -”Veo que no traes nada contigo, y no hay nadie a menos de dos horas de camino que te pudiera alistar algo.”-
-”Pues va a haber cena.”- contestó el joven, -”y de lo mejor que jamás hayas probado.”-
Ahí mismo sacó el mantel de su mochila, la extendió en el suelo, y dijo:
-”Mantelito, mantelito, cúbrete tu mismo.”-
Instantáneamente, ensaladas, postres, carnes asadas y cocidas aparecieron allí, y tan calientitas como recién sacadas de la cocina. El carbonero se quedó viendo admirado, pero no necesitó de mucha insistencia para acomodarse junto a la comida, y llevar grandes bocados a su boca. Cuando ya hubieron comido de todo, el carbonero sonrió contento y dijo:
-”¡Mira tú! tu mantel tiene mi aprobación. Sería algo muy provechoso para mí en el bosque, donde nadie me cocina nada bueno. Te propongo un trueque: allá en aquel rincón cuelga una mochila militar, que ciertamente está vieja y fea, pero contiene poderes maravillosos, y como yo no la uso, te la cambiaría por el mantel.”-
-”Primero debo saber que clase de poderes son.”- contestó el muchacho.
-”Eso es lo que te diré.”- contestó el carbonero. -”Cada vez que la palmees con la mano, un sargento con seis soldados armados de pies a cabeza se te hace presente, y ellos harán lo que le comandes hacer.”-
-”Eso me interesa”- dijo el joven, -”si ninguna otra cosa podemos hacer, lo cambiaremos.”-
Le dio al carbonero el mantel, desenganchó la mochila militar de donde colgaba, y poniéndosela le dijo adiós. Después de un poco de caminar, quiso hacer una prueba de los poderes mágicos de su mochila y la palmeó. Inmediatamente los siete guerreros saltaron ante él, y el sargento dijo:
-”¿Qué es lo que mi señor y jefe desea que hagamos?”-
-”Vayan a toda velocidad donde el carbonero, y exíjanle que me regrese mi mantel de los deseos.”- contestó.
Ellos hicieron giro a la izquierda, y fue cuestión de unos instantes para que estuvieran de regreso con lo solicitado, habiéndolo tomado del carbonero sin hacer mayores preguntas. El joven les ordenó retirarse, siguió adelante su camino con la esperanza de que la fortuna brillara aún mejor para él. A la hora de la puesta del sol llegó hasta donde estaba otro carbonero, quien estaba preparando su cena junto al fuego.
-”Si puedes comer algunas papas con sal, pero sin aderezos, ven y siéntate conmigo.”- dijo el hollinado amigo.
-”No”- contestó, -”esta vez tú serás mi invitado.”-
Y extendió el mágico mantel, que instantáneamente se llenó con los más delicados platos. Comieron y bebieron juntos, y lo disfrutaron plenamente. Una vez terminada la cena, el carbonero dijo:
-”Allá arriba, en aquella ramita, hay un sombrero viejo y usado que tiene propiedades extrañas: cuando alguien se lo pone, y lo gira sobre su cabeza, salen doce cañones disparando a la vez, derribándolo todo, de modo que nadie puede oponérseles. El sombrero no tiene uso para mí, y estoy dispuesto a cambiártelo por tu mantel.”-
-”Eso me calza muy bien.”- le contestó.
Tomó el sombrero, se lo puso y dejó el mantel con el carbonero. Difícilmente había recorrido unos cientos de pasos cuando palmeó sobre la mochila, y mandó a sus soldados a capturar de nuevo el mantel.
-”Una cosa trae consigo otra cosa”- pensó él, -”y yo siento como que mi suerte no ha llegado aún a su fin.”-
Sus pensamientos no lo engañaban. Después de haber caminado otro día entero, encontró a un tercer carbonero, quien como los anteriores, lo invitó a las papas sin aderezo. Pero el joven también lo invitó a cenar por medio del mantel de los deseos, y al carbonero le gustó tanto el mantel, que por fin le ofreció un cuerno a cambio, el cual tenía cualidades muy diferentes a las del sombrero. Cuando alguien lo sopla todas las paredes y fortificaciones se derrumban, y toda la ciudad o villa queda en ruinas.
Ciertamente hizo el trato y cambió el mantel por el cuerno, pero como en las veces anteriores, envió al regimiento a capturar y regresarle el mantel de nuevo.
-”Ahora”- se dijo él, -”soy un hombre completo, y es hora de regresar a casa y ver cómo les está yendo a mis hermanos.”-
Cuando llegó a su casa, sus hermanos se habían construido para ellos bellísimas casas con el oro y la plata que trajeron, y vivían cómodamente. Él fue a visitarlos, pero como sus ropas estaban andrajosas, con un lamentable sombrero en su cabeza, y la sudada y sucia mochila en su espalda, ellos no lo reconocieron como a su hermano. Más bien se burlaron y dijeron:
-”Tú dices ser nuestro hermano quien despreció oro y plata para buscar algo mucho mejor para él. Cuando él venga lo hará sobre un carruaje lleno de esplendor como un rey poderoso, no como un mendigo.”- y le cerraron la puerta.
Entonces se enojó mucho, y palmeó su mochila muchas veces, hasta que ciento cincuenta hombres se presentaron ante él, bien armados de pies a cabeza. Les ordenó rodear las casas de sus hermanos, y dos soldados fueron a traer varillas de avellanos, y con ellos castigaron a los insolentes hombres, hasta que confesaron que sí sabían quien era.
Aquello provocó un gran disturbio, la gente corría desesperada buscando dar auxilio a aquellos dos en su necesidad, pero contra estos soldados nada había que hacer.
Al fin le llegaron noticias al rey sobre este asunto, quien se enfureció, y ordenó a un capitán marchar con su tropa y sacar al provocador fuera de la ciudad. Pero el hombre de la mochila pronto consiguió un regimiento más grande de hombres, quienes rechazaron al capitán y su grupo, los que tuvieron que irse sufriendo múltiples heridas. El rey dijo:
-”Este vagabundo no ha sido puesto en orden aún.”- y al día siguiente envió a una aún más grande tropa contra él, pero todavía hicieron menos.
El joven entonces puso más hombres contra el rey, y para terminar más rápido, giró dos veces en sombrero sobre su cabeza, y pesados cañones empezaron a trabajar, y los hombres del rey fueron derrotados y puestos en fuga.
-”Y ahora”- dijo él, -”no haré la paz hasta que el rey me de a su hija por esposa, y me ponga a gobernar todo el reino en su nombre.”-
Él mandó a anunciarle esto al rey, quien al saberlo dijo a su hija:
-”La necesidad es una nuez muy dura de quebrar, ¿qué más me queda por hacer sino lo que él solicita? Si yo quiero paz y mantener la corona sobre mi cabeza, no tengo más opción que entregarte”-
Así pues se celebró la boda, pero la hija del rey estaba molesta de que su marido fuera un hombre común, que usaba un lamentable sombrero, y cargaba una sucia y vieja mochila.
Ella quería deshacerse de él, y de noche y de día estudiaba cómo podría realizarlo. Entonces pensó:
-”¿Sería posible que sus maravillosos poderes radicaran en su mochila?”-
Y ella lo cuidó y acarició, y cuando su corazón se había suavizado, le dijo:
-”Si tú pudieras alejar de tu lado esa horrible mochila, que tanto te desfigura, yo ya no me sentiría avergonzada de ti.”
-”Mi querida niña”- dijo él, -”esta mochila es mi mayor tesoro. Mientras yo la tenga, no hay poder en la tierra al cual yo le tema.”-
Y él le reveló a ella la maravillosa virtud con la cual estaba poseída la mochila. Entonces ella se abalanzó en sus brazos como si fuera a besarlo, pero con gran destreza le quitó la mochila de sus hombros, y corrió con ella.
Tan pronto como se sintió alejada, la palmeó, y ordenó a los soldados capturar a su antiguo amo, y sacarlo del palacio. Ellos obedecieron, y la obligada esposa envió aún más hombres tras de él, a que lo sacaran también del país.
Él habría sido derrotado si no hubiera tenido el viejo sombrero. Y como aún conservaba un poco de libertad en sus manos, pudo girar un par de veces el sombrero. Inmediatamente los cañones empezaron a disparar, y golpearon duramente todo, y la hija del rey se vio forzada a venir a pedir clemencia.
Y en el tanto que ella aceptó los términos, y prometió arrepentimiento, él se permitió ser persuadido y le dio la paz. Ella actuó cariñosamente como si lo amara mucho, y después de un tiempo llegó a ablandarlo tanto que él le confió que si alguien llegara a tener la mochila en su poder, no podría hacerle ningún daño mientras él mismo tuviera en sus manos el viejo sombrero.
Cuando ella supo el nuevo secreto, esperó a que se durmiera, le quitó el sombrero y lo tiró a la calle. Pero aún le quedaba el cuerno, y con gran enojo él lo sopló con todas sus fuerzas. Instantáneamente todas las paredes, fortificaciones, ciudades, pueblos y villas se vinieron abajo, y el rey y su hija quedaron aplastados entre las ruinas. Y sin haber terminado él de soplar un poco más y de bajar su cuerno, todo se redujo a escombros, y no quedó piedra sobre piedra, y él mismo terminó siendo la última víctima de aquella hecatombe.
Enseñanza:
Lo que de buena fe ha sido intercambiado, jamás debe ser arrebatado, de lo contrario sólo servirá para generar su propia desgracia.
Cuento del libro “Cuentos de hadas
de los hermanos grimm”

Los Duendes – Primera historia
Un zapatero, sin que fuera su culpa, había llegado a tal pobreza que al final no le quedaba más que el cuero necesario para un par de zapatos. Así que al anochecer, hizo los cortes para los zapatos que haría a la mañana siguiente, y como tenía limpia su conciencia, se acostó tranquilamente en su cama, se encomendó a Dios, y se quedó dormido.
En la mañana, después de decir sus oraciones, fue a sentarse a su banquillo para trabajar, y encontró los zapatos finamente terminados sobre la mesa. Él quedó atónito y no sabía que pensar de aquello. Tomó los zapatos en sus manos para observarlos más de cerca, y estaban tan perfectamente confeccionados que no encontró una sola mala puntada, eran toda una obra maestra. Poco después un comprador llegó, y como le gustaron tanto los zapatos, pagó más que lo de costumbre por ellos, y con ese dinero el zapatero pudo comprar material para dos pares de zapatos. Hizo los cortes en la noche, y a la mañana siguiente se preparó con fresco coraje para empezar su trabajo. Pero no tuvo necesidad de eso, porque cuando se levantó ya los encontró hechos, y no tubo que esperar nada por compradores que le pagaron suficiente dinero como para comprar cuero para otros cuatro pares de zapatos.
Y a la mañana siguiente todo se repitió, encontrando los cuatro pares ya hechos. Todo fue tan constante, que lo que preparaba en la noche amanecía confeccionado al otro día, de modo que pronto tuvo su propia independencia y llegó a ser un hombre rico. Y ocurrió que una noche poco antes de Navidad, cuando el hombre había hecho los cortes de los próximos zapatos, le dijo a su esposa, antes de ir a dormir:
-” ¿Qué te parece si nos quedamos levantados para ver quien es el que nos da esta mano de ayuda?”-
A la mujer le gustó la idea, encendió una candela, y se escondieron en una esquina del cuarto entre algunos vestidos que colgaban allí, y esperaron. Cuando fue medianoche, dos lindos y pequeños hombrecillos desnudos llegaron, se sentaron sobre la mesa del zapatero, cogieron todos los cortes que estaban listos y comenzaron a coser y a martillar con tal habilidad y rapidez con sus pequeños dedos que el zapatero no podía quitar la vista del asombro. Ellos no pararon hasta tener todo hecho, y al finalizar se levantaron y corriendo rápidamente se alejaron.
A la mañana siguiente la mujer dijo:
-”Esos hombrecitos nos han hecho ricos, y realmente debemos de mostrarles que les estamos muy agradecidos por ello. Ellos andan así, sin nada encima, y deben sentir frío. Te diré que haré: Coseré para ellos pequeñas camisas, y abrigos, y vestidos, y pantalones, y les tejeré a ambos un par de medias, y tú, hazle un par de zapatitos para cada uno.”-
El hombre dijo:
-”Me encantará hacérselos.”-
Y una noche, cuando todo estuvo listo, les dejaron los regalos en la mesa en lugar de los cortes usuales de los zapatos, y se escondieron para ver que harían los hombrecitos. A medianoche llegaron ellos resueltos a trabajar como de costumbre, pero como no encontraron los cueros cortados, sino solamente los lindos artículos de vestimenta, al principio se sorprendieron, y luego más bien mostraron gran complacencia. Se vistieron con gran rapidez, poniéndose encima los regalos y cantando:
-”Ahora somos muchachos lindos para ver,
¿Por qué zapateros hemos de ser?”-
Ellos bailaron y brincaron, y saltaron sobre sillas y bancos. Al final bailaron fuera de la puerta y se alejaron. Desde ese entonces no volvieron, pero en el tanto que vivieron el zapatero y su esposa, todo siguió bien con ellos, y todo lo que manejaron prosperó.
Enseñanza: Siempre se debe ser bien correspondido con las ayudas recibidas.
Cuento del libro “Cuentos de hadas
de los hermanos grimm”

Los Duendes – Tersera historia
Un cierto niño había sido sacado de su cuna por unos duendes, y sustituido por otro que tenía una larga barba y unos ojos mirones, y quien no hacía más que comer y beber, acostado en su cuna. En su congoja, la madre fue donde la vecina a pedirle consejo.
La vecina le dijo que ella debería llevar al intercambiado a la cocina, ponerlo junto al hogar, encender el fuego, y poner a hervir agua en dos cáscaras de huevo, lo que debería hacer reír al intercambiado, y si efectivamente reía, todo quedaría resuelto con él.
La mujer hizo todo tal como se lo indicó la vecina. Cuando puso las cascaras de huevo con agua en el fuego, el impostor dijo:
-”Yo soy ahora tan viejo como el bosque de occidente, pero nunca había visto que a alguien se le ocurriera hervir algo en unas cáscaras de huevo.”-
Y comenzó a reír inmediatamente. Cuando estaba riendo, inesperadamente llegó un grupo de pequeños duendes, quienes traían al niño correcto, lo pusieron junto al hogar, y se llevaron con ellos al intercambiado.
Enseñanza: La risa corrige muchos males.
Cuento del libro “Cuentos de hadas
de los hermanos grimm”

Los Duendes – Segunda Historia
Había una vez una pobre joven sirvienta, que era muy industriosa y limpia, y barría la casa todos los días, y vaciaba todo lo recogido en un montón al frente de la puerta.
Una mañana justo cuando iba para su trabajo, encontró una carta en el montón, y como ella no sabía leer, puso la escoba en la esquina, y llevó la carta a su patrón y patrona, y resultó que era una invitación de los duendes, en la que le pedían a la muchacha que llevara por ellos un niño a bautizar. La joven no sabía que hacer, pero al final, después de mucha persuasión, y que los patronos le dijeran que no era correcto rechazar una invitación de esa clase, ella consintió.
Entonces tres duendes vinieron y la llevaron a una cueva en la montaña, donde las pequeñas creaturas vivían. Allí todo era pequeñito, pero tan elegante y bello que no podría describirse. La madre del niño yacía en una cama de ébano negro, ornamentado con perlas, los edredones estaban bordados con hilos de oro, la cuna era de marfil, y el baño era de oro.
La muchacha estuvo como madrina, y luego deseó regresar a su casa de nuevo, pero los pequeños duendes urgentemente la convencieron para quedarse tres días más con ellos. Así que se quedó, y pasó el tiempo placenteramente a gusto, y los pequeños amigos hicieron lo que pudieron para hacerla feliz. Por fin se puso en camino de regreso. Entonces de primero le llenaron sus bolsillos de monedas, y enseguida la condujeron fuera de la montaña.
Cuando ella llegó a la casa, quiso comenzar su trabajo de nuevo, y tomó en sus manos la escoba, que aún estaba en la esquina donde la dejó, y empezó a barrer. Entonces unas personas desconocidas salieron de la casa, y le preguntaron ¿qué quién era ella, y qué hacía allí? Y es que ella no estuvo, como pensó, tres días con los duendes, sino siete años, y entretanto sus antiguos patronos habían fallecido.
Enseñanza: Cuando se está fuera de lo habitual, el tiempo corre veloz.
Cuento del libro “Cuentos de hadas
de los hermanos grimm”

El Erizo y el Esposo de la Liebre
Esta historia, mis queridos lectores, pareciera ser falsa, pero en realidad es verdadera, porque mi abuelo, de quien la obtuve, acostumbraba cuando la relataba, decir complacidamente:
-”Tiene que ser cierta, hijo, o si no nadie te la podría contar.”-
La historia es como sigue:
Un domingo en la mañana, cerca de la época de la cosecha, justo cuando el trigo estaba en floración, el sol brillaba esplendorosamente en el cielo, el viento del este soplaba tibio sobre los campos de arbustos, las alondras cantaban en el aire, las abejas zumbaban entre el trigo, la gente iba en sus trajes de dominguear a la iglesia, y todas las creaturas estaban felices, y el erizo estaba también feliz.
El erizo, sin embargo, estaba parado en la puerta con sus brazos cruzados, disfrutando de la brisa de la mañana, y lentamente entonaba una canción para sí mismo, que no era ni mejor ni peor que las canciones que habitualmente cantan los erizos en una mañana bendecida de domingo. Mientras él estaba cantando a media voz para sí mismo, de pronto se le ocurrió que, mientras su esposa estaba bañando y secando a los niños, bien podría él dar una vuelta por el campo, y ver cómo iban sus nabos. Los nabos, de hecho, estaban al lado de su casa, y él y su familia acostumbraban comerlos, razón por la cual él los cuidaba con esmero. Tan pronto lo pensó, lo hizo. El erizo tiró la puerta de la casa tras de sí, y tomo el sendero hacia el campo. No se había alejado mucho de su casa, y estaba justo dando la vuelta en el arbusto de endrina, que está a un lado del campo, para subir al terreno de los nabos, cuando observó al esposo de la liebre que había salido a la misma clase de negocios, esto es, a visitar sus repollos.
Cuando el erizo vio al esposo de la liebre, lo saludó amigablemente con un buenos días. Pero el esposo de la liebre, que en su propio concepto era un distinguido caballero, espantosamente arrogante no devolvió el saludo al erizo, pero sí le dijo, asumiendo al mismo tiempo un modo muy despectivo:
-” ¿Cómo se te ocurre estar corriendo aquí en el campo tan temprano en la mañana?”-
-”Estoy tomando un paseo.”- dijo el erizo.
-”¡Un paseo!”- dijo el esposo de la liebre con una sonrisa burlona, -”Me parece que deberías usar tus piernas para un motivo mejor.”-
Esa respuesta puso al erizo furioso, porque el podría soportar cualquier otra cosa, pero no un ataque a sus piernas, ya que por naturaleza ellas son torcidas. Así que el erizo le dijo al esposo de la liebre:
-”Tú pareces imaginar que puedes hacer más con tus piernas que yo con las mías.”-
-”Exactamente eso es lo que pienso.”- dijo el esposo de la liebre.
-”Eso hay que ponerlo a prueba.”- dijo el erizo. -”Yo apuesto que si hacemos una carrera, yo te gano.”-
-”¡Eso es ridículo!”- replicó el esposo de la liebre. -”¡Tú con esas patitas tan cortas!, pero por mi parte estoy dispuesto, si tú tienes tanto interés en eso. ¿Y qué apostamos?”-
-”Una moneda de oro y una botella de brandy”- dijo el erizo.
-”¡Hecho!”- contestó el esposo de la liebre.-”¡Choque esa mano, y podemos empezar de inmediato!”-
-”¡Oh, oh!”- dijo el erizo, -”¡no hay tanta prisa! Yo todavía no he desayunado. Iré primero a casa, tomaré un pequeño desayuno y en media hora estaré de regreso en este mismo lugar.”-
Acordado eso, el erizo se retiró, y el esposo de la liebre quedó satisfecho con el trato. En el camino, el erizo pensó para sí:
-”El esposo de la liebre se basa en sus piernas largas, pero yo buscaré la forma de aprovecharme lo mejor posible de él. Él es muy grande, pero es un tipo muy ingenuo, y va a pagar por lo que ha dicho.”-
Así, cuando el erizo llegó a su casa, dijo a su esposa:
-”Esposa, vístete rápido igual que yo, debes ir al campo conmigo.”-
-”¿Qué sucede?”- dijo ella.
-”He hecho una apuesta con el esposo de la liebre, por una moneda de oro y una botella de brandy. Voy a tener una carrera con él, y tú debes de estar presente.”- contestó el erizo.
-”¡Santo Dios, esposo mío!”- gritó ahora la esposa, -”¡no estás bien de la cabeza, has perdido completamente el buen juicio! ¿Qué te ha hecho querer tener una carrera con el esposo de la liebre?”-
-”¡Cálmate!”- dijo el erizo, -”Es mi asunto. No empieces a discutir cosas que son negocios masculinos. Vístete como yo y ven conmigo.”-
¿Que podría la esposa del erizo hacer? Ella se vio obligada a obedecerle, le gustara o no.
Cuando iban juntos de camino, el erizo dijo a su esposa:
-”Ahora pon atención a lo que voy a decir. Mira, yo voy a hacer del largo campo la ruta de nuestra carrera. El esposo de la liebre correrá en un surco y yo en otro, y empezaremos a correr desde la parte alta. Ahora, todo lo que tú tienes que hacer es pararte aquí abajo en el surco, y cuando el esposo de la liebre llegue al final del surco, al lado contrario tuyo, debes gritarle:
-”Ya estoy aquí abajo.”-
Y llegaron al campo, y el erizo le mostró el sitio a su esposa, y él subió a la parte alta. Cuando llegó allí, el esposo de la liebre estaba ya esperando.
-”¿Empezamos?”- dijo el esposo de la liebre.
-”Seguro”- dijo el erizo. -”De una vez.”-
Y diciéndolo, se colocaron en sus posiciones. El erizo contó:
-”¡Uno, dos, tres, fuera!”-
Y se dejaron ir cuesta abajo cómo bólidos. Sin embargo, el erizo sólo corrió unos diez pasos y paró, y se quedó quieto en ese lugar. Cuando el esposo de la liebre llegó a toda carrera a la parte baja del campo, la esposa del erizo le gritó:
-”¡Ya yo estoy aquí!”-
El esposo de la liebre quedó pasmado y no entendía un ápice, sin pensar que no otro más que el erizo era quien lo llamaba, ya que la esposa del erizo lucía exactamente igual que el erizo. El esposo de la liebre, sin embargo, pensó:
-”Eso no estuvo bien hecho.”- y gritó:
-”¡Debemos correr de nuevo, hagámoslo de nuevo!”-
Y una vez más salió soplado como el viento en una tormenta, y parecía volar. Pero la esposa del erizo se quedó muy quietecita en el lugar donde estaba. Así que cuando el esposo de la liebre llegó a la cumbre del campo, el erizo le gritó:
-”¡Ya yo estoy aquí!”-
El esposo de la liebre, ya bien molesto consigo mismo, gritó:
-”¡Debemos correr de nuevo, hagámoslo de nuevo!”-
-”Muy bien.”- contestó el erizo, -”por mi parte correré cuantas veces quieras.”-
Así que el esposo de la liebre corrió setenta y tres veces más, y el erizo siempre salía adelante contra él, y cada vez que llegaba arriba o abajo, el erizo o su esposa, le gritaban:
-”¡Ya yo estoy aquí!”-
En la jornada setenta y cuatro, sin embargo, el esposo de la liebre no pudo llegar al final. A medio camino del recorrido cayó desmayado al suelo, todo sudoroso y con agitada respiración. Y así el erizo tomó la moneda de oro y la botella de brandy que se había ganado. Llamó a su esposa y ambos regresaron a su casa juntos con gran deleite. Y cuentan que luego tuvo que ir la señora liebre a recoger a su marido y llevarlo en hombros a su casa para que se recuperara. Y nunca más volvió a burlarse del erizo.
Así fue cómo sucedió cuando el erizo hizo correr al esposo de la liebre tantas veces hasta que quedó exhausto y desmayado en el surco. Y desde ese entonces ninguna liebre o su esposo tienen deseos de correr en competencia con algún erizo.
La moraleja de esta historia, es, primero que nada, que nadie debe permitir que se burlen de él o ella, aunque se trate de un humilde erizo. Y segundo, cuando una pareja se casa, ambos deben ser similares en sus actitudes, y apoyarse y parecerse uno al otro.
Enseñanza:
Los esposos deben siempre ayudarse uno al otro, haya o no adversidades a la vista.
Cuento del libro “Cuentos de hadas
de los hermanos grimm”










